El pijama es bello
A ciertas alturas de su carrera profesional como docente, uno piensa que ya no va a sorprenderse por nada en el mundo, sobre todo en cuanto a entrevistas con padres se refiere. Cuando llevas varios años continuados como tutor de secundaria (da igual el curso, pero en mi caso tengo la maldición de los terceros), te acostumbras a que las reacciones y las pintas de los progenitores pueden ser todo menos normales, salvando contadas excepciones de dosis normales de sentido común. Dentro del folklore autóctono del centro donde trabajo, existe un uniforme oficial para ir a visitar al tutor en caso de que ser requeridos para ello: el pijama.
Convendría aclarar antes de que no se trata sólo de una indumentaria que se coloquen para poner nerviosos a los profesores del instituto. Uno se pasea por el barrio, cuando va a tomar un cafelito para el desayuno, por ejemplo, y contempla extasiado a esas marujas y protomarujas con sus pijamas de felpa y sus zapatillas a juego, redondeando el conjunto con una exclusiva batita de guatiné cuando llega el invierno con sus fríos afilados. Como complementos, lucen orgullosas sus monederos sobaqueros y sus pinzas sujetando el moño despendolado sobre la cabeza.
Pues de la misma guisa se presentan ante nosotros para hablar de los muchos problemas de sus hijos. Al principio les aseguro que es difícil de creer, sobre todo por la naturalidad con que se presentan ante ti a la una de la tarde con su pijamita de flores amarillas. Es en ese momento cuando empiezas a comprenderlo todo, y cuando entiendes también que todo está perdido.
Por un quítame allá ese pijama, claro.
